El diálogo y el encuentro en el pensamiento latinoamericano Imprimir
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Lunes, 14 de Noviembre de 2016 01:28

Humberto Podetti

El nacimiento de pensamiento latinoamericano

 

El pensamiento latinoamericano nació como consecuencia del choque-encuentro entre América y Europa luego del descubrimiento recíproco (Posse, 1993: 197). Fue un choque porque de España y Portugal llegaron a América conquistadores que atacaron las grandes civilizaciones americanas y esclavizaron a sus pueblos. Pero también fue un encuentro porque en los mismos barcos llegaron los que traían el evangelio. Eran frailes que habían renunciado a la propiedad, habían aprendido la gramática de Nebrija y retomado las enseñanzas originales del cristianismo (Zea, 1991: 5-18; Podetti A., 2016: 355-364; 2007: 50; Gil Albarracín, 2006: 45). Lo primero que hicieron fue sublevarse contra la destrucción y la esclavización. Con su conducta y su testimonio dieron nacimiento y sentido al pensamiento latinoamericano (Picón Salas, 1975: 106): encontrarse con los que más sufren, con los privados de sus derechos y de sus deberes y dialogar con ellos acerca de sus problemas y pensar y actuar para resolverlos. Y también pedir a los gobiernos que actúen para remediar esos dolores e injusticias.

 

La sublevación ante la injusticia y el encuentro constituyeron también las primeras enseñanzas del Evangelio en América.

 

La conducta de Antonio de Montesinos no recuerda aquel nacimiento. En diciembre de 1511, en Santo Domingo, Montesinos dio un sermón ante los encomenderos en el que dijo que tomar como esclavos a los indios era pecado mortal. Los encomenderos lo enviaron a España, y viajaron con él para pedirle a Fernando el Católico que le ordenara que en sus sermones sólo hablara de cuestiones espirituales y no de cuestiones materiales, de las que no entendía. Fernando, el monarca más poderoso de Occidente en ese momento, escuchó a Montesinos y a los encomenderos y a algunos teólogos que los defendían (Beuchot, 2004: 12-17). Luego de escucharlos, sancionó las Leyes de Burgos de 1512, que fueron las primeras leyes dictadas especialmente para América por España. También fueron la primera regulación de los derechos humanos de la historia: declaraban a los indios personas con la misma dignidad y derechos que los españoles y prohibió que fueron esclavizados o sometidos bajo cualquier forma (Beuchot, 1994: 79; García García, 2011: 81-114).

 

Francisco, el primer papa latinoamericano, continúa en nuestros días la honrosa tradición iniciada por Montesinos: dialoga con los pueblos de todo el mundo y comprende sus privaciones, sus exclusiones, las injusticias que sufren, y nos convoca a todos los habitantes del planeta a dialogar para construir una nueva sociedad humana donde todos sin excepción alguna podamos vivir con la dignidad que corresponde a la persona humana (Francisco, 2015: 4, 73, 127). Y pide a los gobiernos que actúen en consecuencia. Como a Montesinos, algunos también le requieren que no se ocupe de esas cuestiones porque no sabe economía.

 

El reconocimiento del otro expresado en la alfabetización de nuestras lenguas

 

A esa primera enseñanza del Evangelio mediante el testimonio, los frailes agregaron enseguida el diálogo. Para hacerlo tuvieron que superar la dificultad de los idiomas y estudiar y comprender las culturas de los pueblos americanos. Porque el objetivo que se proponían era que el Evangelio se ‘inculturase’, es decir que se incorporara a la cultura de cada pueblo americano para enriquecerla (Comisión Teológica Internacional: 1987).

 

Con el auxilio de la gramática de Nebrija, emprendieron la alfabetización de nuestras lenguas, procurando respetar los sentidos y los valores de las culturas a las que pertenecían. Se empeñaron en comprender a esos ´otros’ que eran tan diferentes de ellos. Y se maravillaron con la riqueza de su pensamiento.

 

La obra de Bernardino de Sahagún es un ejemplo de ese proceso (León-Portilla, 1999: 71). Deslumbrado por la civilización náhuatl, a la que pertenecían los aztecas, los toltecas, los chichimecas y muchos otros pueblos de México, Sahagún decidió alfabetizar su lengua. Trabajó durante 45 años, entre 1540 y 1585. Durante ese proceso escribió en náhuatl una obra monumental, la Historia general de las cosas de Nueva España, en la que presentó la civilización azteca en todos sus aspectos (Sahagún, 1986). Luego la tradujo al castellano.  

 

José de Anchieta hizo lo mismo en Brasil con el tupí y el guaraní. Y cientos de otros frailes alfabetizaron 2.500 de nuestras lenguas originarias y escribieron la historia de las civilizaciones y culturas a las que pertenecían (Gómez Mango: 2000). Al mismo tiempo fueron ‘americanizando’ el castellano y el portugués, al incorporarle palabras y sentidos de las lenguas que alfabetizaban.

 

Entre esos sentidos hay muchos que son signos distintivos de nuestra cultura latinoamericana, como nos dice Graciela Maturo en El lenguaje morada del hombre (Maturo, 2004: 21). También son propuestas luminosas para nuestro atormentado siglo XXI: el sentido de la vida y la noción de persona de la cultura náhuatl, la solidaridad y la reciprocidad como ejes de la sociedad de la cultura quechua, el poder creador de la palabra de los mayas quichés o la vida como camino para alcanzar la ciudad sin mal de la cultura guaraní.

 

El significado para nuestro siglo de las instituciones fundadas en esos valores fue recordado por Francisco en la Catedral de Quito (Francisco, 2016: 26):

 

“…el acarreo, labrado y albañilería de esta catedral han sido hechos con ese modo nuestro, de nuestros pueblos originarios, la minga; ese trabajo de todos en favor de la comunidad, anónimo, sin carteles ni aplausos...”

 

Más tarde también se incorporaron al pensamiento y la cultura latinoamericanas muchos sentidos de las culturas africanas, esclavizadas en su continente y liberadas por el movimiento independentista de América latina.  

 

El diálogo entre la Guadalupana y Juan Diego es un hito de la ‘inculturación’. Según el Nican Mopohua[1] de Antonio Valeriano (Eguiara y Eguren, 1998: 7-9), la Virgen y Juan Diego hablaron en náhuatl. Y ambos se expresaron utilizando los conceptos de la cultura náhuatl de persona como rostro y corazón, y de la flor y el canto, como símbolos del arte y la belleza, camino a la verdad y elevación del alma a Dios (León-Portilla, 2001: 87-90). Juan Diego era chichimeca, un pueblo que condenaba los sacrificios humanos que practicaban los aztecas para mantener vivo el Sol y creían que la comunicación con Dios se hacía mediante la flor y el canto. La Virgen, como muestra el poncho venerado en la Basílica de Guadalupe, llevaba una cinta negra en señal de su embarazo, como las mujeres nahuas. Su hijo por nacer era Dios hecho hombre que daría en sacrificio su vida por los hombres y mujeres de todos los tiempos. El encuentro de la religión cristiana con la cosmovisión religiosa  de los nahuas fue profundo y definitivo. En nuestros días uno de los grafitis más populares en Estados Unidos es el de la Guadalupana, precisamente como símbolo de la cultura latinoamericana, albergue de muchas culturas. Por eso también Nuestra Señora de Guadalupe es la patrona de toda América, del polo norte al polo sur. Y también por eso Francisco les dijo a los miles de jóvenes reunidos en Morelia y en la plaza de Guadalajara (Francisco, 2016: 199):

 

 “Hoy el Señor los sigue llamando al igual que lo hizo con el indio Juan Diego. Los invita a construir un santuario. Un santuario que no es un lugar físico, sino una comunidad, un santuario llamado parroquia, un santuario llamado Nación. La comunidad, la familia, el sentirnos ciudadanos es uno de los principales antídotos contra todo lo que nos amenaza…no para refugiarnos, para encerrarnos para escaparnos de la vida o de los desafíos, sino para invitar a otros…porque ser joven es la mayor riqueza….y porque esa riqueza es capaz de tener esperanza y nos da dignidad…”

 

La transformación del castellano de lengua de los conquistadores en lengua de los pueblos americanos se hizo explícita en uno de los más grandes novelistas peruanos. José María Arguedas escribía sus novelas en quechua, relatando los dolores e injusticias que sufría su pueblo. En 1950, decidió dejar de escribir en quechua para hacerlo en castellano, afirmando que el castellano le permitía mostrar el alma quechua al universo (Arguedas, 1977: 165-174). Tomó la decisión luego de leer Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes y Tunsgteno de César Vallejo porque en ellas descubrió la capacidad de nuestra lengua general de interpretar todos los sentidos del alma americana.  

 

De modo que nuestro pensamiento latinoamericano nació como sublevación contra la opresión de la persona humana y simultáneamente como diálogo, encuentro y reconocimiento del ‘otro’ que es diferente de mí, pero cuya diferencia es precisamente lo más valioso que tiene para mí.

 

El pensamiento latinoamericano como proyecto de nueva sociedad

 

A partir del encuentro con nuestros pueblos, la sublevación contra la injusticia y la inculturación del evangelio se transformaron en proyecto de nueva sociedad humana. La proposición, como proyecto y como realización, fue crítica del pasado, y por tanto cuestionó la imitación de las sociedades americanas y europeas preexistentes al choque/encuentro. Pero fue sobre todo innovación, como proposición de una forma inédita de comunidad humana. De allí derivó más tarde el desarrollo de modernidades diferentes en América y en Europa (Picón Salas, 1975: 121-122).

 

En 1531 Vasco de Quiroga fundó el primer pueblo-hospital con los purhépechas y al año siguiente el primero con los tarascos, ambos en México. Fueron un modelo de nueva comunidad humana, que se extendió luego a varias comunidades en Michoacán. Como recordó Francisco en Morelia (Francisco, 2016:190):

 

“Y, en este hacer memoria, no podemos saltearnos a alguien que amó tanto este lugar que se hizo  hijo  de  esta  tierra… Con ustedes quiero hacer memoria de ese evangelizador, conocido también como Tata Vasco, como «el español que se hizo indio».  La  realidad  que  vivían  los  indios  Purhépechas  descritos  por  él  como  ‘vendidos, vejados  y  vagabundos  por  los  mercados,  recogiendo  las  arrebañaduras  tiradas  por  los suelos’, lejos de llevarlo a la tentación y de la acedia de la resignación, movió su fe, movió su  vida,  movió  su  compasión  y  lo  impulsó  a  realizar  diversas  propuestas  que  fuesen  de ‘respiro’ ante esta realidad tan paralizante e injusta. El dolor del sufrimiento de sus hermanos se hizo oración y la oración se hizo respuesta”.

 

Pocos años después el jesuita Roque González fundó cerca de Asunción la primera ciudad guaraní. Llegaron a ser 30 ciudades ejemplares, desplegadas en un vasto territorio. Los jesuitas fundaron con otros pueblos en otros territorios, otras 122 nuevas comunidades que se desplegaron por la región central de América del Sur, llegando a reunir 700.000 habitantes. Constituían un modelo intolerable para la ‘ilustración’ y el ‘racionalismo’ y los jesuitas fueron expulsados de América en 1767.

 

La riqueza de ese proceso de diálogo y encuentro y de proyecto de nueva sociedad  fue propuesta al mundo por Francisco de Vitoria. Vitoria estudió el choque/encuentro de América y Europa, en sus dos caras. Condenó la conquista, la destrucción de las culturas y la esclavización de los indios. Condenó la muerte de Atahualpa por Pizarro (Pereña, 1988: 37-40). Elogió las civilizaciones americanas, el proceso de inculturación del Evangelio, de alfabetización de las lenguas y los primeros proyectos de crear una nueva sociedad humana. A partir de esos elementos concibió un nuevo sistema universal (Vitoria, 1998). La persona humana, hombre y mujer, son el eje de ese sistema. Todas las personas tienen derechos y deberes desde que nacen y esos derechos y deberes se expresan en la comunidad organizada. Las personas pueden elegir libremente la comunidad a la que quieren pertenecer, siempre que se comprometan a ejercer los derechos y asumir los deberes que corresponden a todos los miembros de esa comunidad[2]. El pueblo es el sujeto de la historia y en quien reside la soberanía. También es el creador del derecho, que ordena las conductas de todos en beneficio del bien común. Las naciones son soberanas cualquiera sea su cultura o su religión. Las naciones se relacionan por medio del derecho internacional e integran una comunidad universal.  

De este modo se incorporó al pensamiento latinoamericano otra de sus características distintivas: la proposición de una nueva sociedad humana y de un mundo poliédrico y mestizo.

 

Las ideas de Vitoria volvieron a presentarse al mundo en 1949. Ese año se realizó en la Universidad Nacional de Cuyo un Congreso que reunió a la mayoría de los filósofos del mundo occidental, aún conmovidos por la extrema crueldad desarrollada por Europa durante la II Guerra mundial. Y ante esos filósofos Perón dio su conferencia La comunidad organizada, que proponía una nueva sociedad humana y una comunidad universal basada en idénticos valores (Perón, 1949: 131-174).

 

El desarrollo del pensamiento latinoamericano durante el período indiano

 

Los frailes también fundaron 26 universidades e instalaron la imprenta a América latina 100 años antes que en América sajona (Murilo de Carvalho, 2006:60). Esas universidades eran públicas y los alumnos elegían a sus profesores entre los que aspiraban a enseñar las distintas materias (Tünnermann Bernheim, 2007). 

 

Allí continuó el diálogo, ahora entre el pensamiento mestizo de Vitoria y sus discípulos y las culturas americanas. También se enseñaron las lenguas de nuestros pueblos junto con el castellano y se debatió acerca de todas las cuestiones relativas a la persona humana y sus derechos y deberes, a la sociedad y al estado.

 

En la Universidad de México nació la filosofía latinoamericana con Alonso de Veracruz en la segunda mitad del siglo XVI. Veracruz pensaba en tarasco y en náhuatl con tanta facilidad como en castellano. Entre otras muchas cuestiones, sostuvo una que interesa particularmente al siglo XXI: la soberanía corresponde al pueblo y no a quienes el pueblo elige para el gobierno, de modo que si los elegidos no cumplen el mandato recibido, deben ser destituidos y juzgados (Veracruz, 2004: 117-121).

 

También en esa época y en la Universidad de México nació la doctrina económica latinoamericana con Tomás de Mercado. Mercado enseñó la necesaria subordinación de la economía a la ética y a la soberanía popular y la necesidad de que haya jueces con poder suficiente para anular las condiciones del comercio que implicaran abuso del mayor poder de una de las partes (Mercado, 1977).  

 

En la Universidad de Lima, en el mismo siglo, José de Acosta formuló su teoría de la evolución de las especies, tres siglos antes que Darwin y no como la ley del más fuerte, sino como la evolución de las especies mediante la cooperación recíproca entre vegetales, animales y personas. También formuló por primera vez la hipótesis de que los hombres y mujeres llegaron a América migrando a través del estrecho de Bering (Acosta, 2003).

 

Las Universidades del período indiano formaron más tarde a muchos de los jóvenes que impulsaron y dirigieron el movimiento independentista, proponiéndose la unidad de América y una nueva sociedad justa y solidaria. En la Universidad Chuquisaca, por ejemplo, estudiaron Moreno, Castelli y Monteagudo.

 

El pensamiento del movimiento independentista

 

La primera actitud de los hombres y mujeres de la independencia fue la de proponer un diálogo al pueblo español y al pueblo portugués acerca de constituir una nueva sociedad. Lo hicieron en las Cortes constituyentes de Cádiz de 1812 y Lisboa de 1820, antes de declarar la independencia.

 

Los americanos dependíamos de las casas reinantes en España y Portugal. En el sistema jurídico no éramos colonias de esas naciones sino reinos dependientes de una misma corona. Cuando Napoleón invadió España y depuso a Fernando VII, los americanos que hablábamos castellano retomamos nuestra autonomía. Pero no declaramos de inmediato la independencia. El Rey de Portugal, en cambio, se trasladó a Brasil. Luego los españoles y los portugueses convocaron a las Cortes de Cádiz de 1812 y de Lisboa de 1821. Si bien establecieron arbitrariamente el número de diputados, adjudicándose una representación mucho más numerosa que América pese a nuestra mucho mayor población (Berruezo, 1986: 15-27, 303), todos los pueblos de América latina enviamos diputados a ambas Cortes.

En esos congresos constituyentes, nuestros diputados propusieron formar confederaciones de naciones soberanas. Es decir, un gobierno federal al que le delegaríamos algunas competencias, reteniendo los americanos las restantes (Navas Sierra, 2000: 359). Pero nuestros proyectos no sólo proponían eso. Establecían al pueblo como sujeto histórico integrado por todos, cualquiera fuera su lengua o el color de su piel, la abolición de toda forma de esclavitud y la soberanía popular. Sin embargo, los españoles impusieron el número de sus diputados y los portugueses impidieron hablar a los diputados brasileños, que llevaban las instrucciones de José Bonifacio (Porras Ramírez, 2013: 15-36).

 

La proposición constitucional americana en Cádiz y en Lisboa fue más avanzada que la Constitución norteamericana, que había dado rango constitucional a la esclavitud y que la Revolución Francesa, que mantuvo vigente el Code Noire que establecía que los esclavos eran cosas muebles. Y por cierto también a las Constituciones española de 1812 y portuguesa de 1821, que mantuvieron la esclavitud como sus modelos norteamericano y francés.

 

Frustrado el diálogo propuesto y el proyecto americano declaramos la independencia.  

 

De la independencia al bicentenario: los diálogos frustrados

 

Luego de la independencia también frustramos el proyecto del movimiento independentista que habían imaginado en un diálogo formidable San Martín, José Bonifacio, Bolívar, Artigas, O’Higgins, Sucre….: un estado continental, socialmente integrado, con justicia social y una nación de ciudadanos en pleno ejercicio y asunción de los derechos y deberes civiles y políticos.

 

El abandono del pensamiento social, político y económico que habíamos construido mediante el diálogo y el encuentro, produjo dos consecuencias: la disgregación política, formando varios estados donde debió haber uno solo y la disgregación social, con una distribución desigual del acceso a los bienes y al conocimiento.  

 

Como describió sabiamente Carlos Fuentes en Valiente mundo nuevo:

 

“Los intentos de modernización [en América Latina], a partir del siglo XVIII, han fracasado cuando han hecho caso omiso de la poderosa tradición policultural anterior a ellos. La Ilustración, la Reforma liberal, el positivismo, el marxismo, las filosofías del mercado -de Adam Smith a Ronald Reagan-, no han sobrevivido a los tiempos y temas más antiguos de nuestra convivencia cultural”.

 

Como consecuencia quedamos encerrados en un enfrentamiento entre los pueblos, que mantenían la idea de construir en América una nueva sociedad y las elites, que sostenían que debíamos imitar la sociedad occidental. Sarmiento sintetizó ese enfrentamiento como la alternativa entre “civilización o barbarie”. Sin embargo en su notable obra sobre Facundo entabló un diálogo con su adversario, y terminó comprendiendo que la naturaleza del proyecto de nueva sociedad no era la barbarie, sino una civilización diferente. Recordemos sus palabras: Facundo expresa “un nuevo modo de ser” que no tiene antecedentes…“es expresión fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos”; “un caudillo que encabeza un gran movimiento social no es más que el espejo en el que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia”. Antes había señalado, para destacar la originalidad del proyecto popular que “Los más hábiles políticos de Francia no han alcanzado a comprender nada de lo que sus ojos han visto, al echar una mirada sobre el poder americano que los desafiaba” (Sarmiento, 1999: 7, 14-15).

 

Esa comprensión por Sarmiento de lo que expresaba Facundo es semejante a lo que señalaba Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar: “La América española es original y originales han de ser sus instituciones y su gobierno y originales los medios de fundar uno y otro”, “porque  los pueblos americanos en nada se parecen a los europeos” y no se parecen porque están integrados “por todas las personas de la comunidad, por diferentes que sean: criollos, negros, indios, mulatos…hay un pueblo soberano y está constituido por todos sin excepción” (Rodríguez, 1999: I 343, 274-275, 375; II 289).

 

El Siglo XX amaneció con un renacimiento del pensamiento latinoamericano, a partir del Ariel del uruguayo José Enrique Rodó, que retomó la proposición de reconocer y dialogar con los más postergados, con los más débiles y a partir de ese diálogo transformar el sistema social, político y económico. Y también afirmó que para hacerlo posible era necesario unir a toda América Latina. La convocatoria movilizó pronto a los jóvenes y los intelectuales de todo el continente, y dio nacimiento con el andar del siglo a los grandes movimientos populares americanos.

 

Recordemos, como un fruto de esos movimientos, a la Argentina de 1955, que alcanzó las mayores proporciones de habitantes/propietarios, habitantes con acceso al trabajo, a la salud y a la educación de nuestra historia. En ese sentido, constituyó un diálogo con los más humildes, con los más postergados de la sociedad, y el desarrollo de un modelo social, político y económico de justicia y solidaridad.

 

Años más tarde, el diálogo que faltó entonces con algunos sectores de la sociedad argentina fue propuesto y desarrollado. Se hizo bajo la consigna “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino” y las conversaciones, acuerdos y amistad entre Perón y Balbín. Sin embargo, el diálogo retomado fue nuevamente frustrado esta vez por la violencia, una de las más desgarradoras de nuestra historia.

 

El diálogo y el encuentro en la Argentina contemporánea: la convocatoria de Francisco a construir una nueva sociedad humana y un mundo poliédrico

 

Ya en nuestros días, Francisco nos convoca a todas las personas que habitamos el planeta para que mediante el diálogo construyamos una cultura universal del encuentro, para establecer entre todos una nueva sociedad humana.   

 

Y nos convoca porque el mundo afronta una grave crisis que es simultáneamente humanitaria y de la naturaleza, que amenaza la supervivencia de la vida sobre la tierra. Al mismo tiempo que es la primera vez que esto ocurre en la historia humana, también por primera vez la convocatoria al diálogo universal no es retórica: internet lo hace posible.

 

Francisco nos convoca en primer lugar a reconocer que es necesario un cambio. Y en segundo lugar a reconocer que ese cambio es posible y no ocultar nuestra responsabilidad alegando que es utópico o imposible o qué somos demasiado pequeños o débiles para comenzar a realizarlo.

 

Este es un aspecto importante porque hay quienes sostienen que Francisco hace propuestas que son imposibles porque no es economista.

 

Sin embargo, la posibilidad de construir una sociedad humana con las características que pretende Francisco, ha sido sostenida de modo irrefutable por el pensamiento latinoamericano. Y esta vez no desde las ciencias sociales, sino desde las ciencias exactas. La Fundación Bariloche presentó en 1976, luego de cuatro años de trabajo de un equipo  interdisciplinario, el Modelo Mundial Latinoamericano. Lo llamó precisamente Nueva Sociedad. El MML rechazaba el Modelo Mundo III preparado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts a pedido del Club de Roma, que sostenía la imposibilidad de un mundo más justo y equilibrado porque los recursos naturales eran limitados. Considerando los mismos datos del que había partido el Modelo Mundo III, el Modelo Mundial Latinoamericano demostró, como dice el científico Amílcar Herrera, “mediante un modelo matemático que era posible desarrollar una sociedad basada en la igualdad y en la plena participación de todos los seres humanos en las decisiones sociales y en el que el consumo material y el crecimiento económico se regulan de manera que permitan lograr una sociedad intrínsecamente compatible con el medio ambiente” (Oteiza, 2004).

 

Y de eso se trata este encuentro, de nuestro compromiso para aportar a un diálogo entre todos acerca de un proyecto para Argentina, América y el mundo. Un proyecto que haga posible la tierra, el techo y el trabajo para todos, sin excepciones y en convivencia armoniosa en nuestra casa común, la madre tierra.

 

Un paso substancial en ese sentido es concluir el proyecto del movimiento independentista, acerca de la unidad de América latina, comenzando por América del Sur.  En ella estamos construyendo un estado continental industrial, UNASUR. Un insigne latinoamericano, Alberto Methol Ferré escribió el preámbulo de su Constitución e inspiró sus instituciones. UNASUR señala el modo en que debemos estar en el mundo: todos juntos. Recordemos en este punto las palabras de Francisco cuando era Cardenal: “Ante todo se trata de recorrer las vías de la integración hacia la configuración de la Unión Sudamericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales...La cultura de los pueblos americanos está amenazada por dos corrientes: a) la concepción imperial de la globalización, una esfera perfecta donde los pueblos se fusionan en una uniformidad que anula las particularidades… es el totalitarismo más peligroso de la posmodernidad; b)  el ‘progresismo adolescente’, una suerte de entusiasmo adolescente por el progreso, colonialismo cultural de los imperios y laicismo militante. La verdadera globalización hay que concebirla como un poliedro: las facetas (la idiosincrasia de los pueblos) conservan su identidad y particularidad pero su unen tensionadas armoniosamente en la búsqueda del bien común»” (Bergoglio, 2005:8).

 

En este proyecto no estamos solos. Los pueblos de los países desarrollados están uniéndose a los pueblos del resto del mundo exigiendo trabajo, educación y salud para todos sin excepciones. Y también el cuidado de la casa común. Para ello reclaman que el comercio entre las naciones sea verdaderamente libre, es decir en beneficio de todos y cuidando la madre tierra. Con exigencias claras. En primer lugar que los productos que se intercambian se hagan con trabajo digno, mediante organizaciones sindicales por actividad y personería al sindicato más representativo para celebrar convenciones colectivas de trabajo. En segundo lugar que se respete la autonomía de cada pueblo para decidir que va a producir, que va a vender y que va a comprar. En tercer lugar, que se respete el principio de la nulidad de las cláusulas comerciales impuestas por el mayor poder de negociación en el mercado y que haya jueces con poder suficiente para anularlas. Son las ideas de Tomás de Mercado, a quien recordábamos hace un momento.

Esto es lo que han votado los ingleses cuando votaron por el Brexit, los franceses que han impulsado a Hollande a comunicar que Francia no aprobará el Tratado de Libre Comercio entre EEUU y la UE, los norteamericanos que han anunciado su intención de votar a Trump en EEUU y han determinado a Hillary Clinton a prometer el rechazo al Tratado de Libre Comercio Transpacífico (el mismo al que pretende adherirse la Alianza para el Pacífico), universidad gratuita para las familias cuyos ingresos anuales sean inferiores a 84.000 dólares, acceso universal a la salud e incremento de la participación del salario industrial manufacturero en el PBI norteamericano, a Teresa May a proponer una política industrial y el incremento de la participación del salario en el PBI. Seguro esas propuestas les resultan conocidas: son las que sostuvieron los movimientos populares en el siglo XX.  

 

Quiero concluir estas palabras homenajeando a los constructores de nueva sociedad en nuestras periferias, en nuestras villas miseria, en nuestras extensas barriadas habitadas por los que no tienen trabajo en la economía formal, ni techo, ni tierra para cultivar, los que no acceden a los sistemas de salud ni a los de educación. Curas villeros, miembros de los Movimiento Populares, militantes sociales y políticos que están llevando ya a la práctica eso a lo que Francisco nos convoca: proyectar y construir una nueva sociedad humana y un mundo poliédrico, en el mundo anárquico y destructivo de la vida humana y de la madre tierra, nuestra casa común, que es este siglo XXI. Ignorados por las universidades, los politólogos, los periodistas, los dirigentes económicos y políticos, son reconocidos y apoyados en cambio por la Confederación General del Trabajo que reúne a los trabajadores organizados y la Iglesia católica. En los diálogos que han iniciado juntos todos los trabajadores, los de la CTEP y los movimientos populares y los que reúne la CGT, junto con el P. Accaputo y los Obispos Lozano, Lugones, Maletti y Sánchez Sorondo, como en miles de otros diálogos que se desarrollan en todos los rincones del planeta, está germinando un nuevo nosotros, construido a partir del diálogo, el encuentro, la fundación de una nueva sociedad humana basada en la solidaridad y la reciprocidad y un mundo poliédrico, donde todos los pueblos convivan cuidando la casa común, cada uno según su cultura.

 

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[1] En castellano Aquí se cuenta.

[2] Con este fundamento, Francisco y el Cardenal John O’Malley pidieron la flexibilización de las fronteras de Europa y Estados Unidos para los migrantes en sus homilías en la isla de Lampedusa en el Mediterráneo y en Los Nogales, Arizona, con fieles a ambos lados del muro Sensenbrenner que separa México de Estados Unidos.

[3] En castellano madre de todos los dioses

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